Lomografía: Huyendo hacia delante desde los 90

Prueba

Estas Navidades he tenido la oportunidad de probar para Xataka Foto la cámara Belair X 6-12 de Lomography, uno de los objetos de deseo de los seguidores de este movimiento en todo el mundo, y me ha gustado bastante (diría que demasiado ;) )

Para no repetirme, os remito al análisis en Xataka Foto y a mis opiniones personales en mi Lomohome para que sepáis los motivos, objetivamente primero, y con el corazoncito en la mano después.

El tema de fondo es que de carrete me tiene el corazón partío como aficionado a la fotografía, y no creo que sea porque de repente me haya vuelto un gafapasta recalcitrante (algo descartable simplemente comparando mi aspecto de mercadillo con el de esos pulcros hipsters con cuidados andrajos de marcas punteras), sino más bien porque me he dado por vencido en la perfección y he refugiado mi torpeza en un mundo donde se valoran las imperfecciones como pequeños tesoros.

Y ahí ando, con Holgas y otros bichos colgados del hombro, y probando carretes y revelados, y con una sensación constante de que todo lo que hago es un zurullo cada vez que veo los resultados, pero que en contadas ocasiones se acaba transformando en “oye, esto es algo nuevo” (sí, el paso por “esto es mierda” es obligatorio). Por lo menos es un cambio, de cuando cada viajecito suponía una sucesión de fotos soporíferas en mi galería que a nadie le interesaban demasiado.

Pongamos por ejemplo la fotografía de arriba, resumen de desechos, o de oscuros submundos fotográficos donde no entran los tecnicistas: viñeteo, filtraciones de luz a tutiplén, distorsión, sujetos en el quinto pino, ruido ruidosísimo, y un desenfoque que te hace pensar si se te han olvidado las lentillas en casa. Para rematar, el recorte es “de aquella manera”, porque ni siquiera se sabe dónde empieza y dónde acaba el negativo.

…que podemos comparar, con la de arriba, que por pura casualidad tomé tres años casi exactos antes: mismo sitio, hora parecida, la réflex tope de gama de Sony del momento, el objetivo ultra-gran angular que entonces era cool, y prácticamente sin ruido, ni distorsión, ni ninguna de los defectos de la fotografía anterior.

¿Cuál me gusta? Pues hoy en día me quedaría con la imperfecta lomografía, quizá porque ninguna de ellas tenga ese algo que te impida despegarte de ella, quizá porque ninguna es una gran foto, y quizá porque si a estas alturas de la fotografía no me atrevo a pedirle nada una foto, al menos nos quedamos con que nos sorprenda.

Y con eso llegamos al por qué del título. La lomografía para mí, igual que para tantos otros, es una huída hacia delante en la fotografía, es reconocer mis fallos y hacerlos mi bandera (mi maś firme propósito para este año), es la manera de quitarme de “hazme las fotos del cumpleaños” porque yo lo que hago son fotos desenfocadas, del “hazme un buen retrato” porque no entiendo a mi flash o porque puede que el obturador no quiera apretarse hasta pasada una hora, es mi manera de volver contento de un viaje sin buenas fotos porque no tenía la obligación de hacerlas.

Y lo llamo “lomografía” como podía haberlo llamado de otra forma: algunos lo llamarán Instagram, otros “no necesito actualizar mi compacta de hace 10 años” y, los más egocéntricos (o realmente capaces, que alguno hay por ahí), arte.

La foto favorita de mi primer día como lomógrafo. La línea azul horizontal es cortesía del escaneado que me hicieron. La resolución que veis aquí es básicamente la que hay. Cierto es que tampoco hace falta mucha más.

¿Es entonces éste mi mundo perfecto? No, ni de coña, y es que toda la paja montal que me pueda montar con esto choca con mi absoluta incompetencia con tratar con el mundo físico, y mi declarado amor por lo virtual y nuboso.

La digital tiene algo que me encanta: desde que hago la foto, el proceso para llegar hasta Lightroom es el mínimo indispensable (y aún así me estresa). Las posibilidades de estropearlo todo son pocas, y unos pequeños ajustes del RAW me dejan enseñarle mi nueva obra a mi pequeño mundo. Fácil, cómodo y muy limpio, para un rematadamente torpe con tendencias obsesivo-compulsivas como yo.

El carrete, en cambio, te susurra al oído continuamente que lo toques, que lo moldees, que le des cariño, pero el pobre se encuentra con el Mister Bean que llevo dentro.

Descartado el revelado casero por puro realismo, cualquiera de mis intentos escanear el carrete han acabado en el más rotundo de los fracasos, empezando siempre con cuidado y mimo, y acabando poco después con ataques de ansiedad poniendo los dedazos en el negativo como si no hubiera un mañana para esa foto.

Y nada, oye, he destrozado una caja de zapatos (a ver dónde leches meto ahora mis botas), he magullado los negativos de mis fotografías preferidas (casi tanto como mi orgullo) y, hasta cuando he podido acceder a un escáner de negativos he conocido más de cerca a los anillos de Newton que a esa nitidez que nunca llega y que sé que se esconde en los carretes recién revelados.

¿Qué me queda entonces? Pedir al laboratorio revelado y escaneado, pero para eso creo que voy a tener que ampliar la hipoteca, porque parece que los escaneos los realizan linces ibéricos alimentados con caviar ruso.

Una diapositiva de la Belair, digitalizada con un escáner de negativos que tenía a mano: todo atisbo de nitidez que pudiera haber se ha perdido en la inmensidad de sus bits. Aquí escuece algo, pero con la Yashica Mat el picor toca hueso.

Haciendo un repaso por Internet, y para mis carretes de 120 (entre 6 y 12 fotos, según el formato), he encontrado estas alternativas:

  • Lomography ofrece este servicio por trece euros, con un resultado muy adecuado a su estilo, muy bien presentado, respetando formatos extraños, pero con un escaneo bastante limitado en resolución.
  • Foto R3 revela por sólo 2’97 euros, a los que hay que sumar 6’99 por la digitalización a 8 bits (tres euros más a 16), redondeando el total a unos diez euros. No lo he probado, pero creo que de calidad andarán mucho mejor, aunque no acabo de ver claro el proceso y según he leído tardan bastante.
  • Carmencita Film Lab, mi último descubrimiento (de hecho acaban de comenzar) ofrece un revelado y escaneado por diez euros clavados, doce si subimos la calidad. Y oye, me dan buen rollo, porque parece que básicamente están orientados a hacer exactamente eso.
  • Los laboratorios de Sevilla: aparte de que vivo a 15Km de la capital y tirar para el centro me exige una tarde completa (parking mediante si no quiero meterme en la noche), me han llegado a pedir hasta 20 euros por un escaneado, hasta ahora con resultados bastante tristes, especialmente por la resolución.

En cualquier caso, hablamos fácilmente de unos 15 euros por 12 fotos, entre carrete, revelado y escaneado. Vamos, que cada foto me cuesta como mi cafelito mañanero, que igualmente es un lujo del que podría prescindir pero que no me da la gana perder.

Y por todo esto, como en todos los amores, siempre hay un margen para el corazón partío: Me gusta el carrete, lo disfruto, y parece que se adecua a lo que quiero, pero al final acabo cargando doble equipo (digital para retratar el niño y carrete para tratar de ser feliz), y me cuesta rematar el disfrute por no controlar el proceso.

En realidad sé lo que me pasa: los verdaderos frikis del tema no tienen problema en secuestrar el cuarto de baño y el ropero empotrado del dormitorio, y convertirlos en cuarto oscuro y almacén fotográfico cada vez que les da la gana, echando las tardes que haga falta en el proceso. ¡Y además les sale bien! Pero oye, sabiondos, que sepáis que lo disfrutamos igual… ¡y que me quiten lo bailao! :D

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